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Hace unos años mi amigo, mi bro, Yair, me enseñó tres grandes lecciones: «En el mundo existen personas especiales, que te dan ese algo más, ese extra.«, «Lo que pasa hoy es único, sólo pasa hoy, no volverá jamás.» y «Hay cosas que se viven despacio.«. Hoy quiero escribir sobre la última de esas enseñanzas.

La vida deprisa

Durante algunos años tuve que escuchar de mis padres esa frase que dice «Hijo, no quieras quemar etapas demasiado pronto, ten paciencia». Hoy lo verbalizo y lo expongo con la esperanza de encontrar otros compañeros de fatiga. Qué pesados nuestros padres… ¡y qué sabios!
Hay dos cualidades que me han caracterizado: la curiosidad por lo desconocido y la falta de paciencia para colmar esa curiosidad. Esto ha provocado que, desde que recuerdo, haya ido corriendo por la vida. Correr, vivir, hacer, no parar. He de reconocer que esta forma de vivir ha tenido unos frutos deliciosos. Uno, estar escribiendo este artículo. Otro, hacerlo en este blog.
He vivido. He conocido mucha gente de la que he aprendido, con la que he disfrutado y también con la que he sufrido. Ahora, con el paso del tiempo, miro hacia atrás, veo todo eso que he vivido y pienso… «¡Maravilloso!». Pero también veo lo que me he perdido no por no estar en el lugar adecuado, sino por no tomarme el tiempo necesario para ver lo que pasa despacio.

La paternidad y el permiso

En marzo de 2017 mi vida volvió a empezar de nuevo, a contar desde cero. En marzo nació Óliver. Había algo en ese momento que tenía claro: quería exprimir mi nueva vida, sacarle todo el jugo. Quería que, dentro de 36 años, Óliver me dijera «Papá, qué bien lo hemos pasado juntos«. Aunque no sabía cómo tenía que hacerlo sí sabía por dónde empezar. Me di permiso para dedicarle tiempo de calidad a mi familia. Y así, viví casi completamente los primeros meses de Óliver. Para nosotros fueron momentos de aprender a vivir con nuestro cachorro. Incluso, de reinventarnos como pareja. Fueron muchos cambios. Los que tenéis hijos sabéis de qué os hablo. Los que no, quizá algún día los tengáis y entenderéis lo que aquí escribo.

Recuerdo cuando cruzamos por primera vez la puerta de casa con Óliver, su primer baño, esos primeros miedos de unos padres primerizos. También ese día que le vi, por primera vez, observando un juguete antes de llevárselo a la boca para terminar de examinarlo. Ese efecto «achinado» de los ojos que analizan, observan y dan comprensión sobre algo totalmente nuevo. Antes era automático. ¿Algo en las manos? ¡A la boca! Ese paso, ese freno, ese momento que se tomó Óliver para observar, girar y volver a observar es una de esas cosas que pasa en 2 segundos. Si parpadeas, te lo pierdes.

Los primeros 12 meses de vida son un cúmulo de momentos así: las primeras texturas, cómo coger objetos de distintos tamaños, la gestión de la profundidad o la elección del lugar adecuado para apoyarse y ponerse de pie cuando se está jugando un buen coscorrón.

Las puertas a una vida mucho más intensa

Óliver tiene ahora 11 meses. Cuando pienso rápidamente en este tiempo parece que fue ayer cuando fuimos de madrugada al hospital empujados por unas contracciones cada vez más frecuentes. Cuando miro despacio, me doy cuenta de todo lo que hemos vivido y, ¡hasta se me hace largo! Es una sensación similar a la de ver, una y otra vez, la misma película. Cada vez hay más detalles que le dan profundidad a la historia, que perfilan mejor a unos personajes que en un primer vistazo, no eran más que simples personajes secundarios.

Ahora, los grandes momentos duran dos minutos. Dos minutos en los que he abrazado a mi hijo, nos hemos mirado, y se han conectado todos los sentidos: la vista, el oído, el tacto… todo organizado como una orquesta que es incapaz de fallar una sola nota y cuyo fin es brindarle a nuestro ser emocional la experiencia más increíble, esa experiencia que se puede resumir en una simple expresión: ser humano en toda su extensión. Todo en sólo dos minutos.

Todo lo que pasa despacio

Mi hijo me ha dado la oportunidad de aprender, muy agradablemente, todo lo que se esconde tras un ritmo más pausado, más tranquilo, todo lo que pasa si vives despacio. Hay momentos en los que es necesario pisar el acelerador, y hay otros en los que el permiso para frenar es el mejor regalo que puedes hacerte. Frenar para disfrutar de un momento, ya sea una mirada, una caricia, una canción que te transporta. Un momento en el que tu hijo da un paso de gigante en su camino de vida.

Con Enciende la Luz pasa algo muy parecido. Somos una empresa joven, muy joven. Muy joven y muy intensa. En este tiempo que llevamos funcionando nos hemos conocido, nos hemos ensamblado, nos hemos reído y también nos hemos roto. Cuando nos hemos caído, nos hemos vuelto a levantar. Soñamos, experimentamos, revisamos y ajustamos continuamente. Vivimos deprisa parando a ver lo que pasa despacio: qué pasa entre nosotros, con nuestros clientes, con nuestros colaboradores. Vivimos despacio para saborear los momentos, para aumentar el entendimiento sobre lo que pasa a nuestro alrededor, y aceleramos para llevar todo ese aprendizaje a nuestros servicios.

Estos días estamos aprendiendo cómo crear un proceso de contratación de talento que sea muy agradable para quien nos visita, efectivo para nosotros y rentable para todos. Y eso pasa por cuidar a quien decide dedicarte un rato de su vida y devolverle esa generosidad ofreciéndole, por lo menos, la misma dedicación con la misma generosidad.

Y tú, ¿qué experiencias has tenido por permitirte vivir despacio?

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